Escrito por N.G
Fotos por Andie Borie
Produjo: DG Medios
Estuvimos en el regreso de Jackson Wang a nuestro país, en marco de su gira MAGICMAN 2. Un show más íntimo, personal y que sirvió para despedir esta etapa musical de Wang. Como él mismo dijo durante un pasaje del concierto: "Esto termina acá. Ya no hay más".
Seguir la carrera de Jackson Wang es entender que nunca ha sido solo música. Siempre ha habido una narrativa de autoconstrucción: desde el atleta olímpico que lo dejó todo, pasando por el idol de GOT7, hasta la creación de Magic Man, ese alter ego oscuro y teatral. Pero lo que vivimos en el Movistar Arena fue un proceso de demolición. Fue el momento en que Jackson decidió que el personaje ya no era suficiente y permitió que la persona tomara el control.
El peso del aislamiento
El show abre con un VCR incómodo: Jackson ahogándose mientras otros miran. No es una intro para encender al público, es casi lo contrario. Es una imagen cruda de la fama y la salud mental que conecta de inmediato con la apertura: “High Alone”. Verlo suspendido en lo alto, rodeado de miles de gritos, le dio un significado físico a la letra. Estaba ahí, en la cima, pero la canción nos recordaba que el éxito suele ser el lugar más solitario del mundo.
Desde ahí, el concierto se mueve en contrastes constantes
“Access” entra con luces rojas, fuego y una coreografía precisa. Es el Jackson más performático, el que dominó gran parte de la era Magic Man: seguro, provocador, completamente en control. Luego saluda a Chile y pasa a “Hate to Love”, donde todo baja a un terreno más emocional. Luces azules, una atmósfera más contenida, pero igual de intensa. Esa dualidad, de lo sensual versus lo vulnerable, no es nueva en su discografía, pero acá está mucho más marcada.
El bloque de “Shadows on the Wall”, “Contact” y “Closer” es donde se empieza a ver hacia dónde va todo esto. Son canciones más directas, más sensuales, pero también más conscientes. Hay menos filtro. La interacción con fans en el escenario podría parecer un recurso típico, pero no lo es tanto. Hay un manejo muy claro de la cercanía, de los tiempos, incluso de los límites. Detalles mínimos (como cubrir con una toalla a una chica que estaba con falda) terminan diciendo mucho más que el momento en sí. No es improvisación: es parte de cómo él construye la escena.
El quiebre: Del concepto a la intimidad
Cambio de vestuario en el aire, ropa volando, y cuando vuelve, vuelve en blanco. “Not For Me” abre ese segundo bloque con un tono completamente distinto. Sin bailarines al principio, más quieto, más presente. “Blue”, “Everything” y “Long Gone” siguen esa línea: canciones más íntimas, donde se permite bajar la energía y conectar desde otro lugar. “Long Gone” en particular se siente como una pausa necesaria, casi como si el show respirara.
Pero esa calma no dura tanto.
“Dopamine” parte y el Movistar Arena entero reacciona al segundo. Nadie necesita procesarlo. Las linternas que entregaron al inicio se encienden todas juntas y el espacio cambia por completo. Es de esos momentos donde ya no hay mucha diferencia entre escenario y público.
Después vuelve la intensidad, pero distinta a la del inicio. Buzo negro, guantes rojos, humo verde para “BUCK”. Todo se siente más crudo. “Let Loose” es derechamente caos, y “Titanic” mantiene esa energía arriba. Cuando empieza “GBAD”, ya no hay sorpresa: todos saben lo que viene y lo gritan completo.
Pero el cierre real no es ese.
La verdad detrás de la máscara
El último tramo deja de lado al Magic Man. Sin tanto concepto encima, empieza a mostrar su historia: su camino con GOT7, su infancia, sus días de esgrima, su familia. Habla de momentos difíciles, de aprender a decir que no, de entender que a veces ser egoísta también es parte de cuidarse. No lo dramatiza, lo cuenta.
"Esto no es Magic Man, esto es Jackson Wang", sentenció.
“Dear” y “Sophie Ricky” cambian completamente en ese contexto. Ya no son solo canciones dedicadas a sus padres. Cantarlas frente a una imagen suya de niño con ellos atrás las convierte en algo mucho más directo, más personal.
Un manifiesto de felicidad propia
Antes de cerrar con “Made Me a Man”, Jackson nos dejó una tarea. Nos recordó que la felicidad no es una receta universal y que aquellos que intentan imponer sus estándares sobre nuestra vida no están viviendo por nosotros. Fue una invitación a buscar una felicidad propia, auténtica y, sobre todo, libre.
Y cuando parece que todo termina, pasa algo que también es muy él… pero esta vez se siente distinto.
Convierte el escenario en una fiesta
Empieza a llamar gente desde distintos sectores: cancha, segundo piso, tercer piso, a quienes están en el fondo, y los hace bajar. Suben de a poco, después en grupo, y el escenario se llena. Ya no hay distancia. Es gente bailando, cantando, riéndose con él. Más desordenado, más suelto, más real.
Tiene sentido: era la última fecha del tour.
Y se nota que quería terminar así. Sin personaje, sin tanta estructura, solo compartiendo el momento.
Ahí es donde todo cierra.
Ese desorden final fue la mejor conclusión posible: la magia terminó, el personaje se quedó atrás, y lo que quedó en el escenario fue un hombre feliz, rodeado de su gente, celebrando que, por fin, ha aprendido a ser él mismo.


















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