Review + Galeria || Dillom en La Cúpula: La desopilante noche donde Santiago fue un pogo psicodélico

 


Escrito por Ki
Fotos por @riveraagabriel
Produjo: Fauna


Quién diría que la espera y los avatares del destino terminarían tejiendo un mito tan particular. Entre la bruma santiaguina y la mística del Parque O’Higgins, el Teatro La Cúpula se convirtió la noche del domingo 1 de noviembre en el epicentro de un ritual psicodélico. Que el show del argentino cayera en medio de un ambiente festivo no fue casualidad: lo que se vivió bajo la cúpula fue una verdadera celebración del descontrol y la complicidad.

Desde temprano, las inmediaciones del recinto parecían una convención de alienígenas, Power Rangers, personajes de diversas series y criaturas de la noche. Y es que el público no se quedó atrás: la gran mayoría llegó disfrazada, mimetizándose con una atmósfera donde el absurdo y la vanguardia caminaban de la mano. Cuando las luces bajaron, el misterio se disipó con una postal insólita: Dillom apareció en escena enfundado en un impecable disfraz de Austin Powers, mientras su banda secundaba la excentricidad con atuendos de Batman, Robin y El Zorro. Sí, una auténtica fiesta de disfraces en formato de concierto de rock.



El arranque fue una descarga eléctrica sin respiro. El show partió con la tríada letal compuesta por “La nueva violencia”, “Vedette” y “Papá se volvió loco”. En poco más de una hora, el argentino estructuró un setlist vertiginoso de 18 temas que dejó a todos sin aliento. La sudoración colectiva por el calor se transformó en agua bendita y cada pogo fue el abrazo fraterno de una hermandad dispuesta a entregarse por completo.

A mitad de la noche, el concierto hizo una pausa para la complicidad y la risa. Con su característico humor ácido, Dillom se dirigió al público para explicar un detalle médico: tiene el dedo del medio de la mano izquierda dañado. Con total naturalidad, advirtió a los presentes que no les estaba dedicando un “fuck you”. Lejos de generar tensión, la anécdota desató carcajadas masivas y provocó que toda La Cúpula le devolviera el gesto levantándole el dedo del medio, en un momento insólitamente tierno y desopilante.



El repertorio fluyó entre la potencia de su propuesta sónica y guiños inesperados, como un enérgico cover de The Ramones que hizo estallar a los fieles congregados. Respaldado por una ejecución instrumental implacable y una puesta en escena milimétrica, el artista demostró por qué su propuesta en vivo funciona como un exorcismo colectivo.

Como todo ritual, el clímax dio paso a la despedida. Entre sonrisas cómplices y la energía intacta de una generación que lo sigue incondicionalmente, Santiago despidió a un Dillom que hizo las cosas a su manera, demostrando que su universo creativo sigue expandiéndose sin freno. Un tipazo.


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