Escrito por Ki
Fotos por @riveragaabriel
Produjo: DG Medios
Hay noches donde el aire dentro de un teatro no se respira, se bebe. Lo de Sticky Fingers este 19 de agosto en el Teatro Caupolicán no fue un simple regreso como el que hemos visto taaaaaantas veces; se convirtió todo en un ritual de trance, distorsión y electricidad pura que desafió a la gravedad y a los imprevistos de la vida misma.
Desde la previa en la calle San Diego, la atmósfera anticipaba que la quinta visita de los australianos no pasaría desapercibida. Con los acordes de "Enter Sandman" como un guiño irónico para calentar los motores, la banda irrumpió en escena desplegando ese desparpajo tan suyo: risas, soltura y hasta el tecladista Daniel Neurath marcando presencia en ropa interior antes de lanzar un balón de fútbol a la marea humana.
Cuando "Land of Pleasure" y "Sad Songs" tomaron el control de los parlantes, el recinto entero sucumbió ante la alquimia del grupo: esa amalgama hipnótica donde la pausada cadencia del reggae choca de frente con la rabia del rock alternativo y los destellos psicodélicos. En medio de ese torbellino de luces y densidad sonora, la gran incógnita de la velada terminó por despejarse. Claude Bailey, asumiendo las voces en lugar del histórico Dylan Frost, no buscó imitar ni pedir permiso; se adueñó del centro del escenario con una solvencia que obligó a todos a anclarse en el presente.
El viaje avanzó a paso firme con un desfile de piezas fundamentales como "Outcast at Last", "These Girls", "Gold Snafu" y "Rum Rage". El teatro no solo escuchaba, rebotaba. Pero el verdadero contraste llegó cuando la tormenta eléctrica dio paso a la penumbra acústica. En la intimidad de "Not Done Yet" y con un Caupolicán coreando "Cyclone" a torso desnudo de alma, la banda demostró que su verdadero poder radica en esa melancolía rasposa capaz de erizar la piel en segundos.
Sin embargo, la realidad suele filtrarse sin avisar. Tras el segmento desenchufado, la abrupta salida del bajista Paddy Cornwall debido a problemas respiratorios encendió las alarmas y suspendió el aliento del público. Tras la incertidumbre, la honestidad del grupo y la propia convicción de Cornwall desde el hospital impulsaron un cierre de pura resiliencia. Con el equipo técnico al rescate en las cuatro cuerdas, el tramo final estalló como una bomba de tiempo: "Australia Street", "How To Fly" y "Liquorlip Loaded Gun" retumbaron en los cimientos del lugar.
Al final, lo vivido no fue un show perfecto de libreto, sino algo mucho mejor: una experiencia catártica, accidentada y conmovedora que demostró que el lazo entre Sticky Fingers y el público chileno está hecho a prueba de todo.
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