Escrito por Ki
Fotos por @alebesoain
Produjo: Fauna Producciones
La primera vez que Pomme pisa suelo chileno no se sintió como un espectáculo importado, fue más como una conversación pendiente. El Teatro Oriente de Providencia acogió una noche donde el francés, el español y el silencio terminaron tejiendo un ejercicio de conexión humana.
Antes de que la artista francesa ocupara el centro del escenario, la sala ya había ganado temperatura gracias a dos apuestas que supieron leer el ambiente con precisión. Idea Blanco abrió con un set de atmósfera contenida, ideal para que el público ajustara su respiración a la acústica del teatro. Le siguió ena mori, quien presentó temas de su reciente EP 'Ore' (2026) con una propuesta de art pop y dream pop que funcionó como el telón emocional perfecto: texturas etéreas, visuales sobrios y una presencia escénica que, sin estridencias, capturó la atención de inmediato.
Cuando las luces se atenuaron, una silueta apareció bajo un haz focalizado. Pomme no entró a imponer; entró a habitar. Con una escenografía que priorizó la luz, la proyección de su propia sombra y un puñado de instrumentos sobre el escenario, la cantautora de Lyon desplegó el material de 'Saisons' (2024) como quien lee cartas en voz alta. Folk contemporáneo y chanson moderna se mezclaron en temas como “B”, “des excuses”, “anxiété” y “je sais pas danser”, todos ejecutados con una contención vocal que, lejos de enfriar la sala, amplificó la cercanía.
Lo más memorable de la noche no estuvo en la técnica, sino en la intención. Pomme alternó un inglés pulido con un español que construyó sobre la marcha, llegando a pedir al público que le corrigiera pronunciaciones o le explicara matices locales. En dos oportunidades, sustituyó versos originales por frases en español que no buscaron traducir, sino habitar. El resultado fue inmediato: cada estribillo resonó como propio y la barrera idiomática se desdibujó por completo.
El clímax llegó con “soleil soleil”. Lo que partió como una balada minimalista se transformó, sección a sección, en un coro masivo que convirtió el teatro en un espacio de catarsis compartida. Cuando el último acorde se apagó, los aplausos no sonaron como despedida, sino como reconocimiento mutuo. Pomme se despidió entre ovaciones prolongadas, dejando claro que la vulnerabilidad bien ejecutada es el antídoto más eficaz contra la saturación del entretenimiento actual.
Más allá de la lista de canciones o la producción deliberadamente austera, lo que queda de esta noche es la confirmación de un fenómeno cada vez más necesario en la cartelera: que un concierto puede ser íntimo y monumental al mismo tiempo. En una era de escenografías sobredimensionadas y sets calculados al milisegundo, Pomme demostró que basta con una voz honesta, un escenario despejado y la disposición de mirar al público a los ojos para generar un momento que, sin duda, seguirá resonando mucho después de que se apaguen las luces.










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